Historia del Clavicémbalo

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Clavicémbalo

Teclado
Historia del Clavicémbalo

El Clavicordio es un instrumento de teclado, de cuerda percutida, de la edad mediana tardía, pasando por el Renacimiento, Barroco y Clasicismo. El clavicordio, en vez martinete tiene una varilla de metal, llamada tangente, que golpea la cuerda; este mecanismo ofrece la posibilidad de tocar más fuerte o más suave, dependiendo de la fuerza con que la varilla toca la cuerda, y también permite hacer vibrato, si una vez presionada la tecla, se insiste en la presión sin soltar la tecla. Tiene una sonoridad muy pequeña, pero de una gran expresividad; es un instrumento íntimo, de estudio, de tocar para un mismo. Es el antecesor del piano.

El virginal y la espineta tienen exactamente el mismo funcionamiento que el clavecín y, por lo tanto, son también instrumentos de teclado de cuerda pulsada, pero se diferencian del clavecín en varias cosas. Ambos son instrumentos con un solo registro, más pequeños y de construcción más sencilla. La espineta puede tener la caja con forma rectangular o poligonal; el virginal la tiene siempre rectangular. La espineta suena como un clavecín, pero con un sonido más débil; el virginal tiene un sonido diferente al del clavecín porque tiene una diferencia importante de construcción: los martinetes atraviesan la mesa armónica en diagonal y pulsan la cuerda casi por la mitad de su extensión, con el que se produce un sonido muy potente y aflautado.

El clave o clavicémbalo es un instrumento musical de teclado de cuerdas pulsadas. La familia del clavicémbalo también incluye los instrumentos más pequeños conocidos como virginal y espineta. Esta familia de instrumentos posiblemente se originó cuando se empezó a adjuntar un teclado al extremo de un salterio.

Al clavicémbalo la pulsación de la cuerda viene determinada por la acción de las teclas. Sobre el extremo de la tecla opuesto en su punto en que se pulsa (y en general oculto bajo la caja), repone una pieza de madera llamada martinete, en posición vertical. La tecla apoya, aproximadamente a su punto medio, sobre un pivote, de forma que hace de mecedora y cuando se la pulsa, el extremo posterior, sobre el cual repone el martinete, se levanta. A la parte superior del martinete hay una pequeña lengüeta que puede pivotar ligeramente alrededor de un eje; sobre la lengüeta se coloca perpendicularmente el plectro (o púa) que será el encargado de pulsar la cuerda durante el movimiento ascendente del martinete.

Después de pulsar la cuerda el martinete cae por su propio peso hasta la posición inicial. Porque en el movimiento descendente el plectro no vuelva a pulsar la cuerda, la lengüeta pivota hacia atrás y el plectro pasa por detrás de la cuerda sin tocarla. Esto se consigue con un mecanismo de muelle en el martinete. Además el martinete también dispone de un amortiguador de fieltro que apaga la nota una vez ya se ha tocado y así se evita que el sonido se mantenga durante un tiempo excesivo, que provocaría una superposición con los sonidos interpretados a continuación.

Historia

El origen del clavicémbalo, todo y que es poco claro, se puede situar hacia finales de la edad mediana. Las primeras referencias escritas datan del siglo XIV, una época en que se realizaron adelantos en maquinaria y relojería y, por lo tanto, es posible que se adaptara algún tipo de mecanismo a los salterios. Un manuscrito latín de Henri Arnault de Zwolle (circa 1440) presenta algunos diagramas detallados de un pequeño clavicémbalo.

Los primeros clavicémbalos completos que se conservan son de origen italiano, el primero de los cuales data de 1521. A pesar de todo, no nos aportan datos sobre el origen del instrumento, puesto que se trata de versiones acabadas y perfeccionadas del instrumento. Estos primeros clavicémbalos italianos, de un solo manual (un solo teclado), son de construcción bastante ligera y con una tensión de las cuerdas relativamente baja. Este estilo se mantuvo en Italia durante siglos y por eso, en general, los clavicémbalos italianos tienen un sonido agradable pero poco espectacular y son especialmente adecuados para el acompañamiento y el bajo continuo.

Hacia finales del siglo XVI en Flandes se produjo un revolución en la construcción de clavicémbalos, con el trabajo de Hans Ruckers y sus sucesores. Los clavicémbalos flamencos eran más robustos que los italianos. Cómo que utilizaban cuerdas más largas y con una tensión superior, además de una carcasa más pesada y una mesa armónica delgada de abeto con una gran respuesta, el tono resultaba más potente y estableció el modelo de construcción de clavicémbalos a muchos países durante los siglos siguientes. Los constructores flamencos también introdujeron el clavicémbalo de dos manuales, inicialmente previsto para permitir una transposición fácil (en un intervalo de cuarta) más que no para aumentar el abanico expresivo del instrumento. Aún así, durante el siglo XVII, el manual adicional se empezó a utilizar también para proporcionar un contraste de tono y, además, con la posibilidad de combinar los registros de los dos manuales para dar un sonido más redondo.

Durante el siglo XVIII el tipo flamenco se desarrolló especialmente en Francia, donde generalmente los instrumentos se ampliaron de cuatro a cinco octavas. Además, en los modelos franceses de dos manuales estos se utilizaban para variar las combinaciones de registros (cuerdas) pulsadas más que no para la transposición. Este tipo de clavicémbalo se considera el modelo más perfeccionado y acostumbra a ser la base de la construcción de clavicémbalos modernos. En Inglaterra Jacob Kirckman (de Alsacia) y Burkat Shudi (de Suiza), lograron una justa fama por sus excelentes clavicémbalos, pero la potencia de su sonido, considerada a veces excesiva para la propia música, hizo que no crearan una escuela como la derivada de los constructores franceses. Los clavicémbalos alemanes siguieron básicamente el modelo francés, con un interés especial para conseguir una gran variedad de sonoridades, quizás porque la mayoría también eran constructores de órganos. Hay un caso excepcional de un clavecín de tres teclados, construido en 1627 por Stefano Bolcioni en Florencia.

Cuando el clavicémbalo se encontraba en el momento de esplendor, a mediados de siglo XVIII, empezó a perder peso en favor del recientemente desarrollado pianoforte. La gran capacidad dinámica del piano como instrumento solista y las nuevas modas musicales, que no favorecían la rica estructura armónica y rítmica del bajo continuo, fueron relegando el clavicémbalo, considerado cada vez más como un instrumento poco expresivo.

Como resultado, el clavecín desaparece por completo en el siglo XIX por razones estéticas, puesto que la nitidez de su sonido y su carencia de flexibilidad dinámica no se adapta a las exigencias románticas. Pero son estas mismas calidades las cuales hacen que sea apreciado en el siglo XX. A partir de los años 1920, el interés en la interpretación con criterios históricos comportó un resurgir del clavicémbalo, inicialmente con resultados poco alentadores. Hacia los años 1950 y 1960 el nuevo impulso de la interpretación histórica hizo que los nuevos constructores de clavicémbalos abandonaran definitivamente las técnicas heredadas de la construcción de pianos y devolvieran a los métodos de los constructores barrocos, tal como se hace actualmente. En los últimos treinta años el clavicémbalo ha reencontrado su lugar privilegiado en la interpretación de la música barroca, como instrumento solista, concertando o de bajo continuo.

Música para el clavicémbalo

La primera música escrita especialmente para clavicémbalo solista se publicó hacia mediados de siglo XVI. El clavicémbalo aconteció un instrumento preferido durante la época barroca, con numerosas suites, fantasías y fugas. Además del papel solista el clavicémbalo resultó indispensable en el acompañamiento de prácticamente todas las piezas musicales, formando parte de los instrumentos del bajo continuo. Entre los compositores barrocos destacables por su música para clavicémbalo hay que denominar Girolamo Frescobaldi, los virginalistas ingleses (cómo William Byrd o Orlando Gibbons), Jean-Philippe Rameau, François Couperin (los dos representantes más destacados de la escuela francesa para teclado), Georg Friedrich Händel, Johann Sebastian Bach y, ya en la transición hacia el clasicismo, Domenico Scarlatti (con más de 500 sonatas) y Carl Philipp Emmanuel Bach.

En Catalunya destacan las sonatas escritas por los compositores de la escuela de Montserrat, como Benet Julià, Anselm Viola y, especialmente, Antoni Soler, influido por las sonatas de Domenico Scarlatti. Durante el siglo XIX, el olvido del clavicémbalo implicó la carencia absoluta de composiciones para este instrumento. Aun así, en el siglo XX, con el interés creciente por la música barroca, algunos compositores también decidieron escribir piezas específicas para clavecín

De la mano de W. Landowska, "re-descubridora" del instrumento, surgen obras como El Retablo de Maese Pedro y el Concierto para Cembalo de M. De Falla y el Concierto campestre de F. Poulenc. Estas obras inauguran una segunda etapa de esplendor en el repertorio del instrumento, para el cual han compuesto obras una gran cantidad de compositores de nuestro siglo, entre los cuales se pueden citar, y sin ánimo de ser exhaustivo, autores como Milhaud, Martinu, Franÿaix, Frank Martin, Ohana, Elliott Carter, Gorecki, Philip Glass, Montsalvatge y R. Gerhard, todos ellos con obras para clavecín solista y orquesta; y en repertorio de clavecín solo o en formaciones camerísticas, además de los citados, otros como Andriessen, Berio, Busoni, Cage, Casella, Cerha, Castelnuovo-Tedesco, H. Coix, Denisov, Donatoni, Dodgson, Farkas, F. Guerrero, C. Halffter, G. Jacob, M. Kagel, Krenek, Ligeti, L. De Pablo, Penderecki, Petrassi, Pinkham, Planyavsky, J. M. Sánchez-Verdú, Sciarrino, Schnittke, Shostakóvich, P. Sáenz, Tansman, Takemitsu, Tcherepnin, Vaugham Williams y un larguísimo etcétera.

Extraído de la wikipedia.

Características que diferencian los clavecines. Los comentarios son de John Storrs, constructor de clavecines. 

Los clavecines alemanes